martes, 10 de julio de 2012

BIOGRAFÍA DE RAFAEL BECA MATEOS (1.889-1.953): Su vital aportación al arrozal andaluz 1937/53




D. Rafael Beca Mateos.

Don Rafael Beca Mateos fue un industrial sevillano, nacido en la localidad de Alcalá de Guadaira en el año 1889. En 1920, ya se dedicaba a la exportación de aceitunas de aderezo y conservas vegetales a los EEUU. Creó, en 1933 la empresa “R. Beca y Cía. Industrias Agrícolas S.L.” que, más tarde, transformada en sociedad anónima, fue utilizada como instrumento legal para llevar a cabo la absorción de Ismagsa y la compra de toda la marisma de la margen derecha del Guadalquivir.

No es fácil localizar datos bibliográficos relativos a la vida de este gran hombre –porque no están recopilados y publicados en Internet-, pero como la parte que aquí nos atañe es solamente la relativa a su “aventura arrocera en La Isla Mayor”, para localizar la información necesaria, he tenido la suerte de contar con el excelente y bien documentado libro de mi buen amigo Matías Rodríguez: “Historia de La Isla Mayor del Río Guadalquivir”, que es mi particular “Libro de consulta”, cuando se trata de buscar datos relativos a la historia de mi pueblo adoptivo. Además, he contado en este trabajo, con su supervisión “ejecutiva” que lo ha elevado aun nivel al que yo difícilmente puedo llegar, por mucho que me esfuerce.

Este trabajo no pretende, por tanto, alcanzar la biografía completa de Rafael Beca Mateos, sino situarlo en el momento y en la época del inicio de la transformación definitiva de las Marismas del Guadalquivir para el cultivo arrocero. Así que no vamos a entrar en más detalles biográficos, que por otra parte no parecen estar a disposición pública. 


Paso de ganado en la barca antes de la construcción del puente de la Isla por el Marqués de Casa Riera

Las Marismas habían sido desde tiempos inmemoriales un lugar dedicado al pastoreo de ganado, aprovechado por todos los pueblos del entorno de forma gratuita o bajo cuota por cada cabeza introducida que allí se alimentaba, con algunas pequeñas huertas de pastores y agricultores avecindados en pueblos colindantes. Pero una visita de un ingeniero inglés,  que viene de cacería de patos, descubre la similitud de estas tierras con las de Delta del Nilo, donde estaba realizando una profunda transformación, para su puesta en regadío.

Lo que se encontró Fisher en la Isla no le asustaría demasiado ya que venía de unas marismas, -mejores agronómicamente que las nuestras-, pero con un nivel de vida paupérrimo, presumiblemente, peor que en la nuestra. Estas tierras, que se inundaban, cuanto menos, una vez al año, dejaba a sus pocos habitantes en pequeñas islas, las vetas donde habían construidos sus “chozos”, totalmente incomunicados de un mundo, -el pueblo más cercano, La Puebla del Río-, que tampoco es que tuviera mucho que ofrecer. Pasaban meses y meses  incomunicados, sin verduras, frutas, hortalizas o cualquier alimento con aportación vitamínica  Si yo sufrí en los ´50 esa carencia, con resultados de pequeñas pupas en las rodillas, piernas y brazos especialmente y que mi madre me curaba con “emplastos de arroz blanco hervido”, cómo sería la consecuencia de aquella mala alimentación continuada. Eso sí, disponían de abundante pescado y carne fresca, para los que podían y sabían cazar y pescar. Pero el paludismo, era endémico y generalizado y la tuberculosis muy extendida. No existía ningún punto de socorro, ni para sacarse una muela, al estilo de los médicos-barberos del Oeste Americano. La Isla, era efectivamente una isla y sólo cuando pillaban a los barqueros podían intentar la aproximación al pueblo más cercano, pero todo ello a pie o a caballo y a veces con el agua cubriendo media cabalgadura. No, no fue nada fácil la vida para aquellos pastores, que por no tener no tenían ni mujeres, pero eso sí, tenían cabras que les daban leche fresca.

Así quedaba la Isla cuando se inundaba, bien desde le Guadalquivir o desde el Guadiamar.

Mter. Fisher, que así se llamaba el ingeniero, primer soñador conocido que quiso transformar estas marismas, convenció a una serie de inversores extranjeros para crear una empresa: “Islas del Guadalquivir S.A.”, con el fin de transformar estas marismas y convertirlas en un emporio de riqueza agrícola. En aquellos momento de grandes desequilibrios económicos –recordemos el posterior crak del 29- y sociales, este emprendimiento caló tanto en nuestra sociedad necesitada de grandes proyectos, que tuvo el apoyo del régimen dictatorial de Primo de Rivera y, por supuesto, de la corona real española desde sus inicios. 


Colocación de la primera piedra en la Iglesia de Alfonso XIII, durante la visita del Rey
Alfonso XIII dejaba clara y pública constancia del apoyo del Estado para conseguir la confianza de los inversores extranjeros –ingleses y alemanes, principalmente-. En su primera visita al Rincón de los Lirios -1927- el monarca inauguraba los trabajos de la compañía, con la simbólica siembra de una palmera para demostrar la feracidad de aquella tierra. Este estímulo al impulso inicial se repitió en el 28 con la inauguración del primer poblado de colonización, que recibió su nombre –conservado actualmente. Desde entonces, la compañía emprendió una ardua labor propagandística que se convirtió finalmente en una encubierta especulación bursátil, más intensa cuanto más infructuosos y estériles resultaron los aprovechamientos agrícolas. Aunque Mter. Fisher, su gran promotor, siempre creyó en este proyecto inicial, se vio obligado a abandonarlo ante los continuos fracasos de la compañía –agrícolas y económicos- y acabar trágicamente sus días mientras se le perdía la pista por el canal de Panamá.

A la izquierda vemos la choza de Venancia, la única vivienda que existía en El Puntal - Villafranco - Isla Mayor, (pues los tres nombres la han identificado) cuando se realiza el canal de desagüe de Casa Riera, cuya barandilla podemos apreciar en la foto. Ese canal es la primera obra importante de drenaje en las marismas. Este canal y el "puente de la Isla" son las únicas obras que esta primera empresa, comprometida con la colonización de las marismas, llevó a cabo. 

La agudización de las graves convulsiones sociales, tras el advenimiento de La Segunda República y las manifestaciones y huelgas de colonos y peones, además del boicot generalizado iniciado por la Compañía, llamada popularmente, de “los ingleses”, desembocó en el relevo de “la Chispalense”, -Compañía Hispalense de la Valoración de Las Marismas S.A.-, la misma empresa con una nueva imagen bursátil e identidad fiscal, donde recibe un nuevo impulso económico con capital argentino.


Una tras otra, las empresas que transformaban la marisma intentaban distintos tipos de cultivo en  este lugar, inmisericorde con plantas y personas, cuya salinidad sólo sería soportada por el arrozal. Aquí podemos ver una maquina a vapor moviendo una trilladora de trigo que es uno de esos cultivos que se dan bien en la marisma uno de cada cinco años. (más o menos), pues tiene que llover lo justo para que no se encharque y el suficiente para que no le falte la humedad. 

 La Chispalense consigue la siembra de arroz en 1929 –por primera vez en estas tierras, si no nos remontamos a los primeros e infructuosos intentos árabes- y a fuerza de una  férrea voluntad de lucha de algunos de sus directivos, extiende el cultivo, con unos rendimientos impresionantes –superando los de Egipto-, hasta 1932, cuando, ya totalmente arruinada y abandonada de sus inversores, interrumpe el riego a sus colonos y vuelve a dedicar la tierra para pasturaje, su función primigenia. El año siguiente es tremendamente caótico y no sólo se desmontan tramos del ferrocarril de vía estrecha, que proveía de agua y materiales de construcción y avituallamiento a toda la Marisma de la margen derecha, desde Colinas a la Veta de la Palma, sino que también es incendiado el molino arrocero del Puntal, que  embarcaba el arroz a la capital a través del Brazo de los Jerónimos, evitando la tortuosa senda terrestre.

Construcción de la casa de bombas de Mármol. La primera instalación de bombeo importante en las marismas. Cuando Beca reinicia   el cultivo del arroz, las bombas se las había "tragado" el río por lo que tiene que buscar buzos, sacarlas y volver a reconstruir todas las obras e  instalaciones,

A pesar de todas las dificultades y el abandono de la mayoría de los inversores extranjeros, algunos de sus miembros se resisten a perder su capital y dan vida a un nuevo relevo societario, entonces se crea ISMAGSA -Isla Mayor del Guadalquivir, S.A.-, que tampoco puede evitar las divisiones internas, con el consiguiente deterioro de las relaciones obrero-colono-directivo, mantenida hasta los inicios de la guerra civil española y que sólo desaparece con la inmediata toma de estas tierras por el ejército del general Franco, con el drástico cambio de relaciones entre obrero y empresario, impuesto desde el nuevo régimen que, en plena contienda, no se anduvo “con chiquitas”.

Y es, en este preciso momento, cuando entra en escena Rafael Beca Mateos (en adelante, se le relacionará popularmente en esta tierra, con su empresa: Errebeca) a solicitud del poder militar y político, acaparado por el omnipresente general Queipo de Llano. Don Rafael –digno merecedor por sus méritos de esa cortesía y, por otra parte, deseoso del encargo- era una persona reconocida por su valía y su honradez, además, su industria siempre fue solvente y valorada por los poderes económicos, de ahí que, Queipo de llano, junto con el alcalde de Sevilla, Ramón de Carranza, ambos con importantes intereses privados en esta zona de marismas, solicitan su implicación total en la reactivación del cultivo del arroz en Las Marismas del Guadalquivir de la margen derecha del Guadalquivir.

R.Beca y el molino arrocero ya existente cuando él inicia sus actividades arroceras.

De este modo se refirió Queipo, en noviembre del 36, en una de sus cotidianas soflamas a través de la radio sevillana, mostrando su incondicional apoyo al emprendimiento insólito de don Rafael Beca: “La magnitud de esta empresa, que no parece propia de españoles, siempre tan pusilánimes en acometer empresas de importancia. Parece más bien una empresa de americanos o de hombres de negocios de otros países más arriesgados que los capitalistas nuestros. Es una obra meritísima que debería haber estado protegida por el Gobierno de tal manera que fuese hoy un asunto verdaderamente floreciente que hubiese proporcionado a España grandísimos beneficios”.
Por lo tanto la implicación de don Rafael Beca en esta empresa de transformación y colonización de marismas es auspiciada desde la cúspide de los poderes políticos y militares del nuevo régimen. Desde el Gobierno Civil de Sevilla se había requerido a la sociedad ISMAGSA, empresa propietaria de todas Las Marismas de la margen derecha del Guadalquivir y de la Marisma Gallega, la obligatoriedad de cultivar arroz en estas tierras como elemento indispensable para la alimentación del ejército sublevado. La empresa, arruinada y desorientada, era incapaz de poner en marcha actividad alguna. A pesar de ello, desde Tortosa, donde radicaban los últimos directores de la misma,  consiguen contactar con don Rafael Beca –un directivo logró traspasar el frente-  para arrendarles su propiedad en aprovechamiento arrocero y ganadero.

Un grupo de portugueses preparando a pala y palín un canal de riego que por las dimensiones debía ser secundario.

Aquí empieza el último y definitivo capítulo del cultivo del arroz en La Isla Mayor del Guadalquivir –tantas veces abandonado-, y con ello, los grandes dolores de cabeza para don Rafael Beca. Habían fracasado en el intento cuatro grandes compañías que, a pesar de ser meramente especulativas, al inicio de sus proyectos siempre contaron con un considerable capital, invertido paulatina y continuamente en la construcción de caminos, carreteras, vías, muros de contención, canales de riego y desagüe; viviendas, molino arrocero, almacenes y limpieza y nivelación de miles de hectáreas. 

Pero, esas gigantescas inversiones no pudieron vencer las dificultades sociales y económicas agravadas con la entrada de la República y la crisis del 29: promesas incumplidas de Reforma Agraria, implacables ataques del Anarquismo, boicot de la empresa a toda reforma laboral… Todo ello añadido al ya de por sí difícil manejo de estos suelos salinos. Sin embargo las inversiones hechas en infraestructuras fueron decisivas para la realización del nuevo proyecto de R. Beca. 

Las inversiones en maquinaria, desde el inicio, siempre fueron grandes en las tierras de cultivo de las distintas compañías, al contrario de lo ocurrido al  inicio de la colonización cuando la maquinaria es sustituida por mano de obra, de los propios colonos apoyados por población flotante, temporera, de todos los pueblos del entorno provincial. Estos Cartepillar serían de los ´40 ya que se parecen bastante a los bulldozer empleados en la Segunda Guerra Mundial.

Difícilmente hubiera podido cumplirse la transformación llevada a cabo por esta última empresa que apenas contó con ayuda estatal de no haber contado ya con todas las instalaciones e infraestructuras abandonadas en cada fracaso. Sin embargo, el espaldarazo político y propagandístico fue pleno, la construcción de algunas viviendas para colonos y gañanías para obreros,–con mano de obra esclava (presos políticos) y sueldos de miseria- a través del INV (Instituto Nacional de la Vivienda) y de infraestructura urbana y rural por parte del INC (Instituto Nacional de Colonización). A pesar de esa ayuda inicial, las enormes dificultades para sacar a flote aquel barco escorado que hacía agua por todas partes, fueron solventadas por R. Beca, que creía en su proyecto y por ello fue comprando, paulatinamente, acciones de la compañía Ismagsa, cuya cotización  estaba absolutamente hundida.


La segunda visita de Franco en apoyo a la empresa de colonización con capital privado.

Nadie esperaba, en aquel momento, que el proyecto de don Rafael llegaría a buen puerto, dada la reiterada persistencia de los acentuados fracasos extranjeros, incluso a pesar del decidido apoyo del poder político de la época. Franco visitó la zona por dos veces, para demostrar su deseo de que aquella empresa era vital –para “el país y el campo andaluz”-, en aquellos momentos de desastre social y de hambruna generalizada. Su primera aparición fue en 1939 –recién terminada la guerra-, promoviendo un impulso al cultivo del arroz y su apoyo a la colonización. La segunda en el 53, para dar su espaldarazo final a este proyecto de iniciativa y capital privado, además de inaugurar la bomba de elevación de aguas sobre el Guadalquivir en el sitio denominado La Mínima –la más moderna del país-. Anteriormente, 1942, don Rafael Beca había construido en pleno centro del poblado que estaría llamado a ser el municipio de este término –Villafranco del Guadalquivir, en honor al general; hoy, Isla Mayor- una fábrica de papel que, años más tarde, yo me encargaría de demoler, dejando tan solo la nave principal del edificio como memoria futura de aquella empresa precursora de nuestra actual Isla Mayor. Siempre sostuve que era la única "Catedral" de la que podíamos presumir, de nuestras grandes obras del pasado.


Aquí podemos ver dos interesante fotografías del desarrollo del Puntal.  La primera corresponde a los inicios y la segunda corresponde a los años ´60 (por el R-8 que veo en la foto) y al fondo se ve la papelera que construida por R. Beca y Cía. en el 42 es el otro aglutinador, junto al molino, del desarrollo del pueblo, alrededor de las dos únicas empresas industriales del mismo. A la izquierda de la foto, de la calle R. Beca, están las casas de los colonos, que se construyen ellos mismos, entre el 47 y el 50, de las que sólo se ven los jardines.

  Pero hacía falta algo más que apoyos morales y convencionales. La empresa era titánica y compleja, porque las Marisma del Guadalquivir siempre fueron duras para los fuertes e implacables con los débiles. Después de la primera visita de Franco, B. Beca se plantea comprar la empresa matriz y obtiene permiso del “Caudillo” para poder adquirir acciones de Ismagsa, aunque para ello necesitaría sacar divisas del país -una buena parte del capital seguía siendo extranjero-, sin embargo logra negociar la compra de casi el 50% de las acciones de la antigua compañía con lo que se hizo con el control absoluto de Isla Mayor y de la Marisma Gallega (Aznalcázar), mediante una operación financiera de fusión-absorción de Ismagsa en “R. Beca y Cía. Industria Agrícolas, S.A.”. Así queda definitivamente controlada la sociedad fusionada, aunque el sur de Isla Mayor (Veta de la Palma, propiedad actual de Herba, convertida en  piscifactoría) quedaría fuera de su influencia y en propiedad de la familia Bemberg, que utilizaría su propiedad para fines cinegéticos, así como parte de Isla Mínima (Cortijo de Escobar, empresario malagueño unido a una descendiente de la familia Bemberg)

Isla Mínima, compartida con Escobar, era vital para el proyecto de don Rafael Beca, puesto que desde allí partiría el riego del arrozal a través de bombas elevadoras de aguas encauzadas por el canal principal que cruza el trazado del antiguo brazo de los Jerónimos. Una nueva zona arrocera con más de 6.000 hectáreas. Entonces Don Rafael Beca inicia, nuevamente, la parcelación y colonización a agricultores emigrantes de zonas tradicionalmente arroceras
.


Mi padre, mi madre y mi hermana cuando llegamos a la Isla. Detrás la casa donde vivimos cuatro años, que tenía adosada la cuadra y el pequeño almacén. Seguramente, cuando se hizo esta foto, yo estaría en el colegio de Alcalá donde pasé cinco años interno, pero en verano a trabajar.

Primero vinieron braceros y dominadores del cultivo sin propiedades en su tierra originaria, para arrendar zonas reducidas a un precio muy asequible, como señuelo para forzar una inmigración encadenada que fue sorprendentemente en aumento a lo largo de todos los años cuarenta. Estos arrendatarios y nuevos colonos fueron adquiriendo pequeñas parcelas en unas condiciones de autofinanciación y rentabilidad muy provechosas, siempre que el año resultara climatológicamente propicio y no “subiera la sal”. Una y otra vez don Rafael Beca se vio obligado a conceder moratorias de pago a todos aquellos agricultores que no podían pagar y además facilitaba semillas y abonos a los colonos que lo solicitaban. 

Yo soy el pequeñajo con la espuerta de abono colgada y si la
 llevaba puesta no era para la foto.

Llenando y pesando sacos de 75 kilos para entrega en el SENPA

El esfuerzo para esta sobrehumana transformación ha sido brutal. La mayor parte de los colonos, entre los que afortunadamente me encuentro, cuando fuimos allí a vivir, nos quedábamos en el campo, -a mí me llevaron con diez años-, al lado del tajo, para empezar los trabajos con la salida del sol y abandonarlos cuando, éste, nos desamparaba. Los canales de riego se hacían a pala y palín, cargando la tierra en burros para poder subirla hasta la parte alta de los muros laterales, llegando a trabajar simultáneamente cientos y cientos de burros. Los trabajos de nivelación eran a base de cargar terrones secos en “carros planos”, durante el invierno, cuando el terreno estaba seco, para trasladar esa tierra hasta las partes bajas o a los “sacatierras” realizados para la construcción de carreteras y muros. Cuando la tierra estaba mojada entrábamos descalzos en el agua helada y cargábamos los trineos a pala para, deslizándose sobre el barro, acarrear la tierra a los bajos. Todo el trabajo del arrozal, en aquella época fue infrahumano, pero se hacía posible porque los colonos estaban hombro con hombro con los peones. No teníamos maquinaría; arar, fanguear y sacar las garbas de arroz del campo eran trabajos realizados con los caballos. Siembra, escarda, abonado, planta, siega y manejo de las garbas y del arroz una vez trillado, eran trabajos realizados a mano, donde, como se ve en la foto, colaboraba toda la familia.Ya lo describiremos con detalle si llegamos a contar nuestra historia en la Isla.



Aquel, nevado, día 2 de Febrero de 1954 llegaron mis padres al Puntal y yo les seguiría un par de meses después. Esta es la viajera de Carvajal que realizaba un trayecto diario hasta Coria, donde podíamos coger el tranvía. para llegar a Sevilla.

Mis padres llegaron a la marisma el día de la nevada aquí en 1.954, entonces ya existían 6.500 hectáreas de arrozal en la margen derecha del Guadalquivir y aunque no pude conocer a este excepcional personaje, don Rafael Beca, siempre escuché a mis mayores hablar bien de él. Yo pertenecí a la segunda o tercera hornada de emigrantes que vinieron de los términos de la Ribera Baja del Júcar, sumando un total  de 500 familias aproximadamente, de las cuales casi la mitad serían de Sueca, mi pueblo natal.

A don Rafael se le reconoció su trabajo con La Gran Cruz del Orden al Mérito Agrícola y en la Marisma con varios homenajes: un busto en el Parque que lleva su nombre, junto a la avenida principal que también es homónima.  Pero sobre todo, un buen recuerdo perdura, en la mente de muchos hombres y mujeres mayores que lo conocieron, queda el cariño a la persona que les ayudó y logró la conquista de “un trozo de pan” para  sus descendientes en los que poco a poco irá diluyéndose en  su memoria. Es Ley de vida.



3 comentarios:

  1. Tengo curiosodad por saber si a Rafael Beca se le conocía por algún seudónimo?
    si tuvieras algún indicio y me pudieras ayudar...te lo agradecería

    mil gracias

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    1. se le conocia como el cherif,porque llevaba siempre una pistola

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  2. que tan fantástico aporte de información, gracias por compartirla

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